El padre Chifri, más vigente que nunca, a 9 años de su muerte


Sigfrido Maximiliano Moroder murió el 23 de noviembre de 2011, a los 46 años de edad. Sus restos descansan en El Alfarcito.


Nueve años después todavía cuesta apretar cada tecla para conjugar en pasado los verbos asociados al nombre de Sigfrido Moroder, el querido padre Chifri, a quién la muerte le marcó su hora el 23 de noviembre de 2011, obligando a todos lo que lo amaron a levantar un doloroso cerco entre el antes y el después de su presencia. Ahora es el santo de la Quebrada del Toro, el ángel que cumplió un ilimitado plan de oportunidades para los olvidados de siempre: los solitarios habitantes de los cerros de Rosario de Lerma.

Su vida conmovía de tal modo que su muerte resultó telúrica para el espíritu aquel miércoles 23 de noviembre. De Chifri se puede decir todo lo bueno. Fue un santo varón, un iluminado, un visionario. Tenía la Cruz de Cristo como timón, bandera y espada para concretar las más filantrópicas ambiciones de que un hombre sea capaz.

Contagió solidaridad y cosechó voluntades que se abrazaron a todas sus iniciativas misioneras. El Mollar, El Gólgota, Gobernador Solá, El Alfarcito, Santa Rosa, Las Cuevas, Pascha, Potrero de Uriburu, San Bernardo de las Zorras, El Rosal, Potrero de Chañi, Finca El Toro, Palomar, El Cruce, El Manzano, Cerro Negro del Tirao, Cerro Negro de Tejada y Las Mesadas, siguen llorando por sus senderos y quebradas al hombre que los rescató de la indiferencia.

Chifri fue una aurora, un despertar de la conciencia sobre la existencia de los otros, esos a quienes no vemos y, por lo mismo, creemos que no existen. Desde 1999 y hasta su último minuto vivió por ellos.

Unió en red a las 25 localidades aisladas unas de otras, con vecinos dispersos a más de 6 horas a pie o a lomo de mula, que soportan condiciones climáticas hostiles y por ello tienen la necesidad de emigrar para conseguir el sustento. Pudo ver el corazón de los hijos de los cerros y entendió el ferviente deseo que tenían de preservar su cultura y modo de vida.

Chifri quiso acompañarlos y su misión fue luchar para que no necesiten emigrar, sino que encuentren en su tierra los medios para desarrollar una buena vida.

En 2004 sufrió un accidente que lo dejó en silla de ruedas y dio como fruto su libro «Después del abismo. Reencontrar, recoger, recomponer». Su dificultoso caminar le recordaba a cada paso esa tragedia que hizo mella en su cuerpo pero nunca en su espíritu. En Chifri, lo que aparentaba ser débil y vacilante, era lo más fuerte y decidido. Un hombre de profunda fe que confió en el mandato cristiano: «Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Corintios 12:9).

Con grandes obras en los cerros y un amor franco al extremo, Chifri llegó a ser conocido y postulado para el premio Abanderados de la Argentina Solidaria 2010. Entre mil postulantes quedó entre los doce finalistas y ganó. Un año antes de su muerte celebraba ese merecido reconocimiento.

El Alfarcito, en el corazón de la Quebrada del Toro, equidistante a las 18 escuelas y a las 25 comunidades de los cerros de Rosario de Lerma, fue el lugar que eligió para edificar oportunidades y para vivir. Ahí construyó el Colegio Secundario Albergue y el Centro de Artesanos. Tal vez porque en El Alfarcito uno se imagina la regla perfecta de la naturaleza en la composición de árboles, cerros y valles. Tal vez porque ahí el silencio es el alma de un paisaje a veces adverso, cuando el frío castiga el cuerpo como una daga, y otras veces amigable, cuando el sol entibia el viento de todas las horas. Tal vez porque en El Alfarcito, el cielo azul parece al alcance de la mano.

Creó prosperidad.

Afirmó la identidad.

Evitó el desarraigo.

Chifri jamás será olvidado. Su sueño eterno se mece en los brazos de la fe absoluta, danza con los cerros su hermandad, descansa en almohadas de adobe, entre sábanas de viento fresco.

La Fundación Alfarcito

La Fundación Alfarcito recordó con tristeza pero con mucho orgullo al extraordinario sacerdote que la creó, a través de su vocero, Carlos Figueroa. «Siempre duele recordar la partida del entrañable padre Sigfrido Maximiliano Moroder, Chifri como se lo conoció en cada rincón de los cerros de Rosario de Lerma. Fue enviado a esta región en 1999, desde entonces su trabajo incansable fue promover a las comunidades aisladas de la zona».

«Luego de varios proyectos sociales, como el Centro Artesanal, el Colectivo de los Sueños, surgió el primer Colegio Secundario Albergue de Montaña en El Alfarcito, lugar equidistante de las 25 comunidades de los cerros. Para conocer detalladamente cada rincón de los valles y quebradas, él se fue adentrando por cada senda, descubriendo comunidades y familias que vivían aisladas por completo. En ellos descubrió capacidades y potencialidades que buscó desarrollar, respetándolos siempre», comentó.

«Con su personalidad carismática, su guitarra, los títeres y el Evangelio, fue ganándose el cariño de grandes y chicos, poco a poco se metió en sus corazones donde continúa vivo su recuerdo», finalizó Figueroa.

Al Padre Chifri por Federico García Hamilton

Dejó una huella más honda/ Que la quebrada del Toro/ -Del Padre Chifri le hablo-/ En el corazón de todos.
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Llegó hasta El Alfarcito un día/ Como un enviado del cielo,/ Trayéndoles a los jóvenes/ Un horizonte y un sueño.
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Volando de cumbre a cumbre/ El viento lo derribó,/ Empujándolo al abismo…/ ¡Y el amor, lo rescató!
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Dios, que tiene sus misterios,/ Pa’ que cumpla su misión,/ Lo que le quitó de piernas/
Le agregó de corazón.
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Montado en su burro rojo/ -Sotana y Poncho salteño-/ Siguió llegando a las cumbres/ En busca de sus corderos.
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Cual San Francisco Solano/ Les llevaba “La Palabra”,/ Con su guitarra y sus títeres,/ A almas puras, y alejadas.
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Al ver su misión cumplida,/ El Señor se lo      llevó…/¡Del cielo, él  había llegado/Y a los cielos, regresó!

 

 

 

 

 

 

Fuente: El Tribuno

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