Oscar Wilde: La Reina contra la homosexualidad


El amor que no se atreve a decir su nombre, y a cuenta del cual estoy aquí hoy, es precioso, está bien, es una de las formas más nobles de afecto que existen». Con este alegato, el escritor irlandés Oscar Wilde pasó a la historia desde la abarrotada sala del tribunal donde estaba siendo juzgado por su homosexualidad en mayo de 1895.


Todo había empezado de forma bien distinta, con el escritor de El retrato de Dorian Gray en el papel de acusación y no en el de acusado. Porque había sido él mismo quien había iniciado un periplo judicial que acabaría con su fulgurante carrera en medio del más absoluto escándalo.

Wilde contra Queensberry

En aquel entonces, su amante era Alfred Douglas, un apuesto joven con el que se había mostrado por doquier desde 1891. Wilde se encontraba en la cúspide de la fama, sus libros se vendían por millares y sus obras se estrenaban en todo el mundo, y ambos dilapidaban sus abultadas ganancias en noches de comida, bebida y hombres. Wilde, Douglas y muchos otros confiaban en que la sociedad victoriana, que concebía la homosexualidad como una aberración, continuaría haciendo oídos sordos a este secreto a voces. Pero cuando las noticias llegaron al padre de Douglas, la situación se complicó.

El marqués de Queensberry emprendió una campaña de acoso para que Wilde dejara a su hijo, hasta el punto de que intentó reventar uno de sus estrenos teatrales. Harto de la persecución, el escritor intentó denunciar a Queensberry en varias ocasiones. Por eso, cuando el airado marqués le envió una tarjeta en la que ponía: «Para Oscar Wilde, aquel que aparenta ser sodomita», el dramaturgo no lo dudó. Por fin tenía una prueba material.

De poco sirvió que su abogado intentara disuadirle. «Bosie», como llamaba cariñosamente Wilde a su amante, estaba también a favor de tomar el camino judicial: la relación con su padre era pésima y tenía mucho interés en verle fracasar en público. Así, en marzo de 1895, Wilde demandó a Queensberry por difamación, confiado en que iba a salir airoso. Las tornas, sin embargo, cambiaron rápidamente. Queensberry y sus abogados hicieron bien los deberes y recabaron información y testigos de la vida privada de Oscar Wilde. La defensa pasó al ataque, armada con los testimonios de una decena de hombres que se habían acostado con el escritor y a los que se había pagado para testificar.

Wilde, que había sido puesto al corriente de esta estrategia, entró en la sala mucho menos animado que en la vista inicial. Fue sometido a un intenso interrogatorio por parte del abogado defensor del marqués, del que trató de salir airoso recurriendo a su magnífico dominio de la oratoria. Negó toda relación física con esos jóvenes y cuando se le preguntó si había besado a uno de ellos respondió: «Oh, por supuesto que no. Es un chico particularmente soso. Y desafortunadamente muy feo». Esta y otras respuestas arrancaron ruidosas carcajadas al público. Pero también contribuyeron a que el jurado se pusiera de parte de Queensberry: el 5 de abril fallaba en favor del marqués, afirmando que lo que éste habría escrito en la tarjeta era cierto.

La Reina contra Wilde

Las cosas podían haberse quedado aquí, pero toda una serie de factores jugaban en contra de Oscar Wilde. Alarmada por lo que percibía como una degeneración de la moral tradicional, la sociedad victoriana presionaba por una mayor persecución de los comportamientos que se salían de la norma, como la homosexualidad. En 1885 se había aprobado una ley que definía las relaciones sexuales entre hombres como «indecencias graves» castigadas con hasta dos años de prisión y trabajos forzados. Gracias a la prensa, las acusaciones vertidas contra el escritor durante el juicio por difamación eran la comidilla del país. Agitada por otros escándalos anteriores, la opinión pública presionaba a las autoridades a favor de iniciar un proceso contra Wilde. Así, pocas horas después de que Queensberry saliera indemne, Oscar Wilde era detenido para ser sometido a juicio.

Éste comenzó al cabo de un mes, en medio de una expectación desbordante. Desde el banquillo de los acusados el escritor asistió a un desfile de testigos de su homosexualidad, muchos de ellos chantajistas profesionales que se dedicaban a intercambiar silencio por dinero. En el juicio se llegó al punto de requerir el testimonio de la camarera de piso de un hotel para determinar si, por el estado de las sábanas, Wilde había cometido «el acto de la sodomía».

A pesar de los golpes bajos, Oscar Wilde mantuvo su brillantez y su extravagancia en todo momento. Cuando se le preguntó por qué frecuentaba tanto la compañía de hombres jóvenes, Wilde se declaró «un amante de la juventud». Pronunció entonces su apasionado alegato a favor del «amor que no se atreve a decir su nombre», expresión tomada de un poema de su mismo amante. Algunos testigos incluso creyeron que Wilde sería capaz de meterse al jurado en el bolsillo, y es cierto que el primer jurado se declaró incapaz de llegar a un acuerdo. Hubo que repetir el juicio, pero esta vez el jurado no fue tan benevolente y lo declaró culpable. El escritor estuvo a punto de desmayarse cuando oyó que el juez lo condenaba a dos años de trabajos forzados en prisión por haber cometido «indecencias graves». La prensa aplaudió la decisión, como hicieron los asistentes al juicio.

Prisión y exilio

En los siguientes dos años, Wilde sufrió los últimos coletazos de la prisión victoriana: raciones mínimas de comida, prohibición absoluta de hablar con otros reclusos y aislamiento del exterior sólo aliviado por una visita cada tres meses. Perdió varios kilos en pocos meses y su salud empeoró visiblemente: un día, enfermo, se desmayó en la capilla y se lesionó gravemente el oído derecho. Sin embargo, la atención que despertaba su caso provocó la mejora de su situación: se le trasladó de cárcel en dos ocasiones y se le proporcionaron libros para leer y material para escribir. Así pudo escribir una amarga y larga carta a Douglas, De Profundis, una de sus mejores obras en prosa.

Al cumplir los dos años de sentencia, Oscar Wilde recibió la libertad con grandes planes para recuperar su vida. En el exilio escribió La balada de la prisión de Reading, una denuncia de las condiciones de la cárcel victoriana que impulsó su reforma y fue un absoluto éxito editorial. Pero ésta fue su última obra. Wilde no podía dejar atrás la dura estancia en la prisión ni el ostracismo social al que fue sometido a su salida. La experiencia le había dejado «sin ganas de reírse de la vida» y se veía incapaz de escribir comedias como las que le habían llevado a la cima.

Wilde se reencontró con Alfred en Nápoles en 1897, pero sólo estuvieron juntos tres meses. Su esposa le prohibió visitar a sus dos hijos, a los que no volvió a ver. Muchos amigos le abandonaron, hartos de sus constantes peticiones de dinero y avergonzados por cómo se mostraba en las calles de París con decenas de jóvenes amantes. El daño, sin embargo, iba más allá de lo psicológico. Una infección en el oído que se había lesionado en prisión y que le habían tratado con negligencia probablemente derivó en la meningitis que acabó con su vida en el exilio, el 30 de noviembre de 1900.

Como Oscar Wilde, muchas otras personas fueron perseguidas por su orientación sexual hasta que la ley que lo condenó fue derogada en 1956. El malogrado escritor lo vio claro poco antes de morir: «No tengo duda de que ganaremos. Pero el camino será largo y lleno de monstruosos martirios». No pudo estar más acertado.

 

 

 

Fuente: www.nationalgeographic.com.es

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